En
vano trato de recordar cuál fue mi primer contacto con el mundo de la
pipa. Creo que el primer hombre al que observé fumar fue Carlos Vivado,
el profesor Vivado, el viejo Vivi, quien dictaba clases de física en el
Stella Maris. Sus herramientas, su fuego y su humo, siempre desplegados
después de clase, en la calle, llamaron mi atención. Recuerdo una tarde
en la que aquel espectáculo, el de un hombre que luego de su trabajo
dedicaba eternos minutos a la pipa y al tabaco, generó un cierta
simpatía, minúscula y pasajera. Después, unos instantes después, la
bandada de compañeros me arrastró hasta la avenida, y los gritos y
empujones disolvieron la magia. Insisto: un embrujo muy menor; púber y
lábil como todo en mi vida.
El segundo hito en mi
descubrimiento de la pipa lo determinó la llegada, una noche, en medio
de mi adolescencia, de un hombre bajo y ancho. Entró al bar en el que
yo solía escribir o leer o ninguna de las dos cosas. Sostenía una pipa
en su boca, de costado. Echaba humo por el otro costado. Yo había leído
en esos días Mme. Bovary. La visión de la pipa me dejó pensando en los
personajes de la novela, y me pregunté cuáles fumarían y cuáles no. Ese
pensamiento rondó mi cabeza varios días. O, mejor dicho: varias noches.
En mi torturada adolescencia, imaginarán ustedes, había más y mejores
cosas en las que pensar. O más y peores cosas. Pero esta imagen se
sostuvo en la materia: el tipo era tanto o más habitué que yo. Después
él dejó de ir, y yo lo olvidé, al menos parcialmente.
Luego
hay un vacío de fumadores verdaderos. Los otros, los de las fotos, el
Sartre de Marina, Camus, Castillo, se repetían a sí mismos. La
caricatura del fumador de pipa y su perfil me aburrieron un poco. Debo
haber tardado ocho o nueve años en encontrar la siguiente oportunidad.
Aquella, a fuerza de madurar, sería definitiva.
En julio, años
después, viajé a Bariloche. Ya no era el mismo chico que perdía el
tiempo en el bar. Lo perdía de manera más integral. Me hospedé en las
habitaciones del instituto. Los cuartos eran minúsculos y horrendos.
Tenía una beca y varios años por delante. El día que llegué el clima
era especialmente benigno. El sol acariciaba la piel y la brisa del
lago disipaba el calor de las caminatas por la Bustillo o entre los
cerros. Entré en mi habitación con la llave que me entregó un gendarme
en la puerta, sobre la ruta. En el cuarto había dos camas, pero yo
había llegado primero. Elegí mi lado de la habitación y puse mis libros
en la paupérrima biblioteca. El mobiliario, compuesto por un
escritorio, una biblioteca y una pequeña heladera, además de las camas
y las mesas de noche, era horroroso; terrorífico. Madera pintada una y
otra vez con los mismos colores que cubrían las paredes del cuarto.
Nada tenía menos de cuarenta años. La virtud de los que pasaron sin
romperlo todo me molestó especialmente.
A la tarde llegó M. Mi
compañero. Traía un par de bolsos y unos vasos de plástico. Después de
la improvisada cena, M sacó su tabaco y su pipa. Si la memoria no me
traiciona, en aquel momento fumaba un Borkum Riff casi liquidado.
En rigor, poco después lo supe, M. tenía tres pipas: una recta, square
panel rugosa y negra procedente de Inglaterra; una holandesa a medio
camino entre una bent y una hungarian; y una rhodesian, argentina, de
mediana calidad pero en buen estado.
Aquella noche, cuando
la temperatura descendió por debajo de los 2 o 3 grados, probé la pipa
por primera vez, sentado en la cama de aquel infame instituto. Así, día
a día, probé un poco más. Dos, tres pitadas. Después encender. Después
terminar la pipa y limpiarla.
A las dos semanas de haber llegado a la patagonia alquilamos una cabaña
entre los árboles, en un gesto desesperado por huir de aquel lugar.
Todavía cursábamos nuestras materias y respetábamos a los dinosaurios
académicos, pero tener un espacio propio, distante y oculto, hizo las
cosas menos traumáticas.
Cuando M. terminó el tabaco con el
que había llegado, viajamos al centro a comprar más. Recorrimos las dos
o tres tabaquerías y compramos algo. No recuerdo qué. Como siempre,
compramos chocolate en la peatonal y tomamos café en La Alpina. Allí
probé mi primera pipa completa.
Después, muchas cosas pasaron. Entre ellas, M. me regaló su rhodesian. Aquella fue mi primera pipa.
Ahora fumo a diario, entre una y cuatro pipas por día, y mi colección,
repartida entre Argentina y China, supera la treintena de piezas.